Cruzar la meta es sólo el 1%

Vivimos rodeados de estímulos, notificaciones y pantallas que nos obligan a un modo de vida que parece cada vez más rápido. El tiempo parece esfumarse entre pendientes, métricas y recompensas inmediatas mientras el cuerpo queda relegado a una función secundaria. Un vehículo que debe rendir, producir o verse perfecto en las redes sociales, pero que rara vez nos detenemos a escucharlo realmente. El cansancio se acumula de manera silenciosa y aprendemos a convivir con él, así como con las pausas, no sin una enorme dosis de culpa por no estar produciendo todo lo que deberíamos. El descanso termina reducido a pequeños momentos dispersos dentro de jornadas saturadas de pendientes.

En este contexto, correr ha empezado a significar algo distinto para miles de personas. Más allá del rendimiento físico o de las imágenes asociadas con el wellness contemporáneo, el running aparece cada vez más como una forma de recuperar cierta conexión con el cuerpo y con procesos que exigen tiempo, repetición y paciencia. Correr obliga a redimensionar nuestras expectativas, abandonar la lógica de la gratificación instantánea y aceptar que la transformación nunca ocurre de golpe. La disciplina no se construye en una meta ni en una fotografía compartida al terminar una carrera, sino en la repetición cotidiana de los kilómetros y la constancia que casi siempre ocurren muy lejos de cualquier visibilidad.

Quizá por eso la frase que más se repite entre los corredores de larga distancia no tiene que ver con la victoria sino con el proceso. “Cruzar la meta es el 1%”, explica Reyna Rivera, corredora semiélite mejor conocida en el mundo del running como Queen, la mejor mexicana en el Maratón de Tokio 2025 y en el Maratón de Berlín 2023. El otro 99% ocurre antes: en los entrenamientos acumulados durante meses, en los días donde el cuerpo parece agotado, en la paciencia necesaria para sostener una rutina incluso cuando ya desapareció por completo la emoción inicial. Cuando te obligas a ti mismo a seguir a pesar del dolor.

En su caso, correr dejó de relacionarse hace mucho tiempo con una búsqueda inmediata de resultados. Las carreras de larga distancia terminaron transformando también la manera en que Reyna entiende el cansancio, el tiempo y su propio cuerpo. “La paciencia es gestionar el mientras tanto”, explica. Esperar que el entrenamiento haga efecto, aceptar que el progreso ocurre lentamente y entender que incluso los días malos forman parte del proceso.

Esa relación cambia todavía más cuando las distancias se vuelven largas y el cuerpo debe convivir durante horas con el desgaste, la incertidumbre y el cansancio. «Al cruzar la meta ya no te importa el tiempo; abrazas a tu cuerpo por todo lo que superó en el proceso«, afirma. El rendimiento deja de medirse exclusivamente en velocidad y empieza a construirse desde otro sitio. La resistencia emocional, la capacidad de sostener el esfuerzo y la posibilidad de seguir avanzando incluso cuando el cuerpo ya no quiere seguir. 

De pronto, no sin atravesar un largo proceso de esfuerzo —gratificante de una manera completamente distinta a recibir likes en una pantalla—, el cuerpo deja de ser sólo apariencia y empieza a convertirse en una herramienta capaz de resistir, adaptarse y atravesar procesos largos. Y eso se siente muy bien, quizá porque esa es su verdadera función. “Nuestro cuerpo deja de ser un adorno”, explica Reyna. “Ya no importa si las piernas son perfectas; importa que son fuertes, que resisten y que pueden llevarte lejos”.

En esa transformación también cambia la manera en que muchas personas entienden actualmente el bienestar. Durante años la conversación en torno al wellness estuvo dominada por ideas ligadas a la productividad, la imagen física o la búsqueda constante de satisfacción inmediata. Sin embargo, el crecimiento del running parece estar desplazando esa lógica hacia otra relación con el cuerpo. Una menos inmediata, menos estética y mucho más vinculada con la paciencia, la constancia, la interioridad y la resistencia cotidiana.

Cada vez más corredores encuentran valor precisamente en esos procesos progresivos. No sólo en la meta final sino en la acumulación silenciosa de kilómetros, hábitos y pequeños cambios físicos y emocionales que aparecen con el tiempo. Iniciativas como los adidas Splits organizados por HubSports parten de esa misma lógica. 

A través de distancias progresivas en la Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey —que van de los 6, 7.5, 10, 12, 15 y 16 kilómetros hasta retos de 30 kilómetros, así como propuestas de trail running como adidas Terrex HubTrail y otras carreras—, el serial propone una construcción gradual donde cada carrera modifica la relación con el esfuerzo de manera distinta y donde el entusiasmo inicial termina dando paso a una comprensión mucho más compleja del cansancio, el ritmo y la disciplina. 

Al mismo tiempo, reúne a miles de corredores que atraviesan procesos similares: entrenamientos antes de ir a trabajar o después de jornadas laborales largas y, particularmente, la convivencia con la lentitud de los cambios reales.

En una época obsesionada con la inmediatez, correr largas distancias quizá también se ha convertido en una manera de recordar que casi todo lo importante ocurre mucho antes de cruzar la meta. Lo demás es para la foto.

Bernardo Gamboa Sánchez